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Caño Cristales, uno de los ríos más hermosos del mundo

No tan temprano como hubiésemos querido tomamos un avión que nos llevó de Villavicencio a La Macarena. Normalmente uno esperaría ver las insignias tranquilizadoras de las aerolíneas tradicionales, pero en su lugar nos encontramos con un dinosaurio de los años 40, un carguero para más señas.

Pero esa fue una de las sorpresas más auténticas y deseables que se puedan tener. A pesar de que aún rondaba el fantasma del 11-S, otros colegas periodistas y yo pudimos entrar a la cabina en pleno vuelo y desde ese sonsonete de moscardón gigante, ver las planicies interminables del Llano con sus miles de retazos de los minifundios artesanales.

Caño Cristales: el río de cinco colores en Colombia.

No es que quiera salir en la foto, sino que esa vez no iba en plan de tomar fotos, solo conocer.

Luego de una hora alternando con las cajas de enlatados y otros productos no elaborados en la zona se llega a La Macarena, un pueblo de gente muy amable marcado por el estigma de la guerrilla en sus calles. Estigma porque si bien en otros tiempos la cabecera municipal era dominada por las fuerzas irregulares, hoy se puede caminar con toda la tranquilidad del caso. La recomendación es ocupar una habitación en uno de los pequeños hoteles y conocer el pueblo en el resto de la tarde para salir muy temprano al día siguiente rumbo a Caño Cristales.

A la hora de emprender el camino, hay que atravesar el pueblo para llegar al río Guayabero, un exuberante despliegue de fuerza que araña las selvas y por el cual se navega en lanchas de motor pequeño durante unos diez minutos aproximadamente hasta el punto en que se llega al ramal que se adentra en la orilla opuesta para seguir el trayecto.

En ese punto existe la opción de seguir en caballo o caminar. Habríamos querido caballos que nos habrían llevado en hora y media aproximadamente, pero no estaban disponibles en ese momento por lo que empezamos el camino a pie. Eso significó una larga caminata de cerca de cuatro horas a paso pausado bajo los rayos del sol.

Avión de carga que nos llevó en nuestra travesía.

El avión de carga que nos llevó hasta La Macarena.

Pero en honor a la justicia hay que decir que la caminata también valió la pena porque dimos con paisajes bucólicos coronados por una larga secuencia de pequeñas colinas hasta que llegamos a una casa campesina, la única que vimos en todo el camino, y allí nos recibió una limonada fría, endulzada con panela de manos de una señora con muchos años, con todos los años y su cariñoso saludo con una carcajada a flor de labios: “Siempre llegan muertos”.

A poco menos de 200 metros ya se llega a la primera poceta que forma el Caño Cristales en ese punto. En Bogotá le decimos “caño” a cualquier putrefacto paso de aguas negras urbanas; en el Meta se le dice “caño” a perfectos y puros ríos de caudal mediano (a este se le calcula que no tiene más de 100 kilómetros de longitud), pero que por ser menos torrentosos que otros enormes como el Meta o el mismo Guayabero no alcanzan la dignísima categoría de “río”. Eso como para que se hagan una idea de la calidad de las aguas que surcan estas tierras.

Una vez que se está frente al Caño es imposible no conmoverse ante semejante espectáculo de las aguas: verdes, rojos, amarillos, ocres, rosados, negros y transparentes, salpicándose entre sí, mezclándose en formas caprichosas y con el sonoro paso por las piedras que se ha esculpido durante miles de años dejando huellas únicas como si Le Corbusier y Niemayer se hubiesen emborrachado juntos y en medio de su carnaval de capirinhas hubieren mandado a construir un spa en la mitad del trópico.

Mapa de Google donde se puede apreciar la ubicación de Caño Cristales.

Ubicación de Caño Cristales.

Luego de quedar absorto, no pasa mucho tiempo más para que uno quiera meterse en esas piscinas naturales y recibir en la piel la historia de la Orinoquia. El agua es fría y se mete en los huesos, pero en ese momento es todo lo que quiere. En los pies se siente el masaje de la rizophora mangle, las algas en el lecho del Caño que regalan las coloraciones al río que hacen de Caño Cristales, uno de los más famosos ríos de Colombia y, a la vez, uno de los menos visitados.

Cuando se está allí no se puede dejar de pensar en esa paradoja. Si bien es una pena que la gran mayoría de los colombianos no conozca este río, también es cierto que rogaría porque nunca se convirtiera en un destino masivo del turismo tradicional. Si usted tiene algún día el privilegio de visitar Caño Cristales debería asumir esa experiencia con una veneración casi ritual. Es un templo de la biodiversidad, un lugar en el que el ser humano aún no le causado cicatrices con su basura y sus malos hábitos. Ojalá sea un lugar al que los colombianos puedan acceder en una lógica de ecoturismo sostenible y respetuosa.

No me cabe la menor duda: Estuve en uno de los rincones más hermosos del mundo.

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