

El Amazonas colombiano es naturaleza viva, es selva virgen, es diversidad de flora y fauna. Puedes ver delfines rosados y sentir un mundo mágico.
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Victorias Regias
Con el río más caudaloso del mundo y la mayor selva tropical del planeta, la Amazonía que compartimos con nuestros vecinos, es también un tesoro de Colombia. Es un lugar prodigioso no sólo por las dimensiones del río y los pueblos aborígenes que lo habitan, sino por la vida que se origina y se nutre de sus múltiples orillas.
Allí está Leticia, una ciudad hospitalaria y confortable rodeada de caminos que conducen a la selva, como el que conduce al dosel reserva Tanimboca, a ocho kilómetros en la vía a Tarapacá, una aldea Huitoto.
En este lugar se pueden escalar árboles de 35 metros de altura y deslizarse de un árbol a otro en un recorrido de más de ochenta metros, y luego partir en una travesía fluvial hasta lugares inimaginados y prohibidos para quien no domina la selva. En el muelle turístico de Leticia se encuentra la línea imaginaria que divide al trapecio amazónico en tres países: Colombia, Brasil y Perú. Allí es posible pactar viajes hacia lugares encantadores.
En un barco de unos veinte metros de largo, con motor a popa y barandas a los costados, se cruza el río hasta Benjamín Constant, en Brasil, desde donde zarpan otros barcos hacia la ciudad de Manaos. Durante la escala hay que internarse en las calles para llegar hasta las tiendas de inmigrantes árabes donde se pueden comprar artesanías y visitar el Museo Etnográfico.
Al viajar por la selva amazónica se aprecian innumerables especies animales y vegetales.
Del embarcadero de Leticia también salen lanchas con motores fuera de borda hacia la Isla de los Micos, 450 hectáreas de bosque primario habitado por aves, mamíferos y monos y a aldeas peruanas como Santa Rosa y Bellavista.
Por esta ruta se llega al río Javarí, donde hay sitios ideales para los amantes de la aventura, pues se pueden desarrollar actividades como observación del delfín rosado, del caimán negro y de la Victoria Regia.
Se debe explorar el río Amacayacu. Allí se encuentra el Parque Nacional Amacayacu, con sus malocas palafíticas, estaciones biológicas, senderos fluviales que permiten hacer recorridos nocturnos en busca de caimanes y salidas a islas vírgenes donde abunda la Victoria Regia.
Parque Nacional Amacayacu
También, hay caminos selváticos que conducen a aldeas indígenas. Palmeras, una comunidad Tikuna, pequeña y esporádicamente visitada, es una de ellas; también San Martín de Amacayacu, una aldea más grande a la que se accede por un camino de dos horas que viaja paralelo al río Amacayacu y que permite tener un encuentro cercano con armadillos, borugos, ardillas, gavilanes y huellas de tigre.
En San Martín, el visitante puede participar de talleres de cestería, tejidos y tallas en madera y llegar hasta Puerto Nariño, el segundo municipio del departamento. Allí vale la pena quedarse para disfrutar de la gastronomía amazonense que se basa en pescados como el pirarucú, la gambitana y el tucunaré, que acompañan con fariña y casabe. Desde Puerto Nariño se puede pactar una visita a los lagos de Tarapoto, una red de aguas oscuras donde se puede nadar junto a los delfines rosados y grises.
Al regreso, en Leticia se puede traspasar el obelisco que la separa de Tabatinga, un poblado brasilero ideal para comprar productos típicos del país vecino y ver los shows nocturnos de las garotas.
La Amazonía colombiana es el destino tradicional de científicos y sabios, que vienen a aprender de los maestros indígenas las artes de hablar con la naturaleza. El mundo la ve como una reserva de oxígeno, pero la Amazonía es mucho más: es el laboratorio de vida de donde salen las medicinas para curar al planeta y el hogar de gente muy especial.
Página web del Parque Nacional Amacayacu.
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