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Domingo 28 de Junio de 2009 11:33
Valledupar es, por antonomasia, la tierra del vallenato, el más popular de los géneros musicales de Colombia en el exterior. Y no es para menos: El Festival de la Leyenda Vallenata tiene su epicentro telúrico en esta tierra de cantores y hace trepidar desde allí a todo el país.
Los aires del son, la puya, el merengue y el paseo van literalmente por el aire de este Valle de Upar y contagian a todos los propios y extraños. Yo, que solo soy un seguidor en aguas calmas del vallenato, confieso que aquí suena diferente, que aquí hace parte de una textura tan natural y sincera que las notas del acordeón y el acompañamiento de la guacharaca y la caja hacen parte del paisaje sonoro.
Inolvidable una mañana de sábado o de domingo en el río Guatapurí, el Ganges mítico de este valle que recibe a sus hijos que llegan por montones a sus orillas para preparar el sancocho ritual que unirá a viejos y jóvenes; a mujeres y hombres. Los más pequeños chapotean en las piscinitas de piedras, mientras que los jóvenes volantones se desafían unos a otros saltando desde alguna piedra grande en el Balneario de Hurtado y en la sombra, los más viejos le hacen el quite al sol desde algún chinchorro colgado en las palmas.
Entre tanto pasan de mano en mano los sorbos de chirrinchi, el trago local preparado en alambiques caseros cuando no alcanza para comprar una botella de Old Parr, el whiskey que la fiebre del contrabando dejó instalado en el hipotálamo de la cultura y que hace que coloquialmente a Valledupar se le llame, también, como ‘Valledeolpar’ por los ríos que corren de este preciado líquido en cada noche de viernes, de jueves, … de miércoles ¿de martes?... Sí, y de lunes también. Y no es que no se trabaje, para nada. La gente de Valledupar trabaja como en cualquier otra ciudad del país, pero eso no les quita la inspiración divina para empezar una parranda en medio de la nada y donde los pretextos son innecesarios. Que mejor razón para celebrar el hecho de que está vivo bajo el mismo cielo que parió a ‘La Cacica’ Araújo.
Pero si la idea es seguir transpirando vallenato, una buena recomendación es temperar justamente por estos días, a finales de abril, para alimentarse y sudar vallenato en el Festival de la Leyenda Vallenata, un mundialito donde se presentan acordeones embrujados que le han ganado desafíos al mismísimo innombrable y que desde 1968 ha sido tarima para los más grandes intérpretes del género desde el gran Alejo Durán, la dinastía de los López, el rocambolesco Alfredo Gutiérrez, el ‘Cocha’ Molina y el ‘Colacho’ Mendoza, hasta el contemporáneo Carlos Vives que internacionalizó las melodías y le ‘torció el cuello al cisne’ de las métricas para lograr un sonido totalmente nuevo. Hasta Juan Luis Guerra, el rey del merengue y la bachata, se presentará en la próxima edición.
Pero si usted realmente quiere dar con la génesis del género, Valledupar no será punto de llegada, sino solo el punto de partida para iniciar una ruta de juglaría por los acordes melancólicos unas veces y festivos en muchas otras. Desde la capital del Cesar se traza el camino que ha de llevar a las raíces de La Guajira urbana en pueblecitos hermosos como La Jagua del Pilar, Urumita, Villanueva, El Molino, San Juan del Cesar, Distracción, Fonseca y Barrancas. Desde pelaos, los más inquietos se forjan en los fuegos del canto o de los instrumentos fundacionales del vallenato y años más tarde se hacen reyes en distintos festivales que engalanan estas ciudades.
Así es esta tierra: generosa, de gente amable, dicharachera y desprendida.
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