Colombia Guía oficial de viajes
Lunes 16 de Marzo de 2009 00:00
Si hoy en día un extranjero pregunta qué lugar de Colombia sería el mejor para hacer deportes extremos en río, la mayoría de las personas no dudaría en recomendarle ir a La Vega en Cundinamarca o a San Gil, en Santander. Este último es un municipio de ‘pendientes pendencieras’ como si se tratara de una versión criollísima de ciertas calles de San Francisco, empedradas en gran parte, el cual aloja desde hace algunos años una vocación que encontró más bien tarde: la cuna del rafting y otras disciplinas terminadas en ‘ing’ (jumping, bonging, karting y el santandereanísimo ‘puenting’ desde el vetusto puente que atraviesa el Fonce).
Y digo que se encontró tarde con esta vocación porque a pesar que desde hace años funciona allí el maravilloso parque El Gallineral, llamado así por los gallineros, unos árboles centenarios de cuyas ramas cuelgan como viejas barbas los musgos que le dan una apariencia de bosque encantado, solo hasta hace unos ocho años se le saca el jugo al río Fonce como escenario para hacer canotaje.
Es probable que en parte ese divorcio lúdico con el río se haya alimentado por el respeto, o mejor, el temor que provoca recordar la muerte de varios jóvenes en la ‘Piedra del Pato’. Como esta formación emerge como una yubarta, muchos intentan llegar a ella como si se tratara de un premio, peo no todos lo logran “La gente se le mete a eso, pero no saben que por debajo es hueca, forma un remolino y ‘chupa’ al que se mete. Muchos se han matado ahí”, dice Yovanny, uno de los tantos muchachos que se ganan la vida como guía y tutor en las balsas que pasan relativamente cerca con los turistas que llegan hasta la playa del Fonce, en la mitad del Parque.
Hoy en día, la por ahí estrecha carretera que de Bogotá conduce a Bucaramanga se ve atestada por los carros que llegan masivamente de todas partes del país y que se confunden con las viejas Chevrolet y Ford de los cincuenta que arrastran las pesadas balsas rojas, azules y naranja que llevarán cada 10 minutos a los turistas hasta un punto en la carretera que de San Gil lleva a Charalá para desde allí entrar a desafiar los rápidos que en algunos puntos son de categoría 3 y 4.
El viajero deberá prepararse para una travesía inolvidable con descensos peligrosos, pero bien cuidados por los guías que con su cautela no dejan que las balsas se acerquen mucho a las piedras amenazantes de las orillas.
Si viaja con niños pequeños estos pueden ir en la balsa, pero se recomienda que se sumen a la embarcación en un punto más cercano al Parque. Los guías los llevan hasta allí en la camioneta y así pueden disfrutar de un poco de la adrenalina que para ese momento ya habrán disfrutado los adultos. En algún punto de aguas calmas, con la autorización e invitación del guía, usted puede zambullirse en el río y descender flotando durante unos 40 metros aproximadamente. Muy recomendable luego de que ha hecho tanta fuerza con los remos.
Pero el rafting no es lo único. Si quiere otra experiencia alucinante hay dos planes más que resultan imperdibles. El torrentismo en la Cascada de Juan Curí es una suerte de rappel (descenso con cuerdas) pero con la refrescante compañía de las aguas de la cascada sobre el rostro. Luego de subir una montaña por un difícil camino durante más de 30 minutos (tal vez se puede hacer en menos, pero yo necesité la media hora) se llega al borde del abismo que luego será nuestro alojamiento por los próximos 15 minutos (seguramente se puede hacer en meno, pero yo prefiero tomarme más tiempo para disfrutar aún más ese paseo) y así ver las formas de las rocas, la vida que se prende con cualquier pretexto de la piedra y para medir qué tanto se entra y se sale del fuerte torrente. Es sencillamente inolvidable porque los más de 70 metros que se bajan tienen a espaldas de quien desciende, un paisaje único.
Finalmente, el tercer plan recomendado es muy cerca de allí, en Páramo, un pueblito a 20 minutos de San Gil que de páramo no tiene sino el nombre y sobre todo eso se recuerda cuando a 29° hay que ponerse el equipo de espeleología. En Páramo se inicia el misterioso recorrido por la Cueva del Indio, un recorrido de casi tres horas para atravesar los serpenteantes 700 metros en los que algunas veces se marcha arrastrando el cuerpo por pequeñas grietas en medio de una oscuridad apenas quebradiza por las minúsculas bombillas de nuestros cascos.
El mismo ingreso a la Cueva ya da algunas señales de lo que espera: un veloz canoppy sirve de vehículo para atravesar los 120 metros desde un árbol en el pueblo hasta la boca de la cueva. Estalactitas, estalagmitas y murciélagos adornan todo el recorrido y ya muy cerca del final del recorrido se reserva el fulgurante remate de la jornada con el desafío de saltar al vacío.
El guía apunta con la linterna a un lugar indeterminado en el que asegura que hay agua. En esa oscuridad, el haz de luz realmente no da dimensiones ni facilita interpretar la profundidad de campo. Si él dice que allí hay agua, pues en ese momento para el que va por primera vez, saltar no puede ser otra cosa distinta a un acto de fe. Cuando usted salta se le hace una eternidad el encuentro con el agua y si tu turno es el tercero o cuarto, seguramente ya ha oído varios gritos de protagonista de terrorífica película de serie B. Ni modos, no hay cómo devolverse a menos que quiera regresar por donde vino con la posibilidad de perderse por cualquiera de los 11 túneles que componen la cueva.
Es mejor saltar. Y además, para eso fue ¿o no? Una vez en el pozo natural que se ha hecho por la terquedad de las aguas subterráneas que se han filtrado, el guía da tres datos interesantes: “¿Le gustó? Bien. Acaba de saltar 6 metros, ya han muerto varios haciendo lo mismo” y como tercer dato añade: “Si no hubiesen querido saltar, la otra opción era que bajaran por la escalerilla metálica detrás de esa piedra”. A esa altura, algunas señoras que han saltado y de paso matado algunas neuronas, lo miran como si quisieran extirparle la yugular con un mordisco de pantera.
Al final reconoce que el segundo dato que soltó, sobre los que han muerto saltando los seis metros es uno más de sus chascarrillos...
El final solo se antoja como de novela de Verne con un arco de luz impresionante que anuncia la salida al mundo como solemos verlo, ebrio de los verdes paisajes santandereanos.
Cómo llegar: A San Gil se llega por la carretera que de Bucaramanga va a Bogotá luego de 2 horas y media; ó a 5 horas desde Bogotá.
Dónde quedarse: En San Gil, Socorro y Barichara encontrará muy buenos hoteles.
No se puede perder: Parque El Gallineral, Pozo Azul, Páramo y el casco urbano de Barichara.

Excelente el escrito de Victor,, definitivamente San Gil ya se ha posicionado como el destino de mayor y más rápido crecimiento en Colombia,, los invito a que visiten el WEB SITE OFICIAL de la Capital Turística de Santander, aquí encuentran la más completa informacion sobre San Gil,, un abrazo a todos desde las orillas del rio Fonce,,
www.sangil.com.co
Estuve hace 8 semanas por Santander y Boyaca con mi familia. Muy lindos paisajes, pero me dió la impresión (con excepción de la guía del Parque Gallineral) que le falta al Santandereano mucha cultura y vocación de servicio. Informan mal, sin ganas, atienden despectivamente. Lastima porque su tierra es muy hermosa. Cosa contraria encontramos en Boyacá: gentes amables, prestos a dar información, con una sonrisa en la boca, invitando al turista a permanecer y gastar. Volveré a Boyaca muchas veces. A Santander, lo dudo. Aunque su tierra es preciosa, pero sus gentes no invitan, lastima.
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