Colombia Guía oficial de viajes
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Lunes 20 de Septiembre de 2010 00:00
Madrugamos mucho y tomamos la ruta hacia el cabo de la vela. Éramos Melany, Ewa, Mario, Carlos, Iván, Francisco y yo. Decidimos dejar nuestro carro en Riohacha e irnos todos en la amplia camioneta de Iván, pues las condiciones de la carretera son aún más duras que las del día anterior en el santuario.
A 56 kilómetros de Riohacha, se encuentra un punto conocido como Cuatro Vías. De ahí puede tomarse el camino a Valledupar, de nuevo Riohacha o el Cabo de la Vela. Sobre el cruce pasa el tren que lleva el carbón desde el Cerrejón hasta Puerto Bolívar, para su exportación.
En ese punto desayunamos, en medio de cabras para la venta, perritos callejeros y negocios de indígenas que venden arepas e queso, carne de chivo y avena venezolana.
Después llegamos a Uribia, capital indígena de Colombia, por poseer la mayor concentración de ellos en el país. Por todas partes se ven mujeres usando las típicas y coloridas mantas wayúu, ranchos de bahareque y yotocoro e incluso “putchipos”, palabreros o negociadores wayúu que usan sus atuendos tradicionales.
Entre los palabreros se encontraba Jorge Henríquez Apshana, quien nos ofreció sus servicios de palabrería y nos enseñó algo de la música de su comunidad. Nos mostró la “trompa” o “berimbau”, el cual usa la boca como caja de resonancia y es tocado sólo por mujeres, y un tipo de flautas hechas de madera de carrizo, conocidas como el “masso”, la “zawawa” y el “hontorroyoi”, empleadas para el pastroreo.
Después fuimos al taller artesanal de Sara Gómez y al de Conchita Iguarán, tal vez la más famosa artesana y diseñadora wayúu de Colombia. Le hicimos una entrevista en la cual ella ve sus habilidades como una oportunidad para otras mujeres de su cultura para mostrar lo mejor de sus tradiciones.
El Cabo de la Vela tiene una desoladora belleza. ¡Esa es la magia del desierto hecho mar!
Almorzamos en una vieja casa construida por Gustavo Rojas Pinilla en sus tiempos de gloria. Así quedamos listos para continuar el camino. De Uribia para adelante, la carretera es destapada. Es una avenida enorme de polvo, embarrada por las lluvias que hacen reverdecer el paisaje.
Cuando cumplimos las dos horas y media de viajes, vimos al fin el Cabo de la Vela. Las construcciones son todas en yotocoro y son bastante rústicas. Parece que fueran hechas para no alterara la tranquilidad d la vista y fundirse en el paisaje, casi para pasar desapercibidas. Aquí el mar y el cielo son los protagonistas de un lado y, del otro, los morros pedregosos de tierra roja, moteados por matorrales verdes.
Fuimos hasta uno de ellos para tomar fotografías y contemplar el paisaje. Nos llenamos de mucha calma y por unos minutos, disfrutamos juntos del silencio. Cuando bajamos, distrajimos a Ewa y conspiramos para celebrarle su cumpleaños. Salió perfecto, no sospechó nada y sí compartimos un agradable momento, hasta que nos fuimos a dormir pues, al día siguiente, veríamos y capturaríamos el amanecer guajiro desde el faro.

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