Colombia Guía oficial de viajes
Domingo 19 de Septiembre de 2010 00:00
Temprano en la mañana, trabajé un poco con Mario en la sala del hotel, el único lugar del hotel con red inalámbrica. En el desayuno no me aguanté las ganas de acompañar los huevos pericos con patacón. Así empecé el día para cargarme de energía y visitar el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos, ubicado en el corregimiento de Camarones, en la vía a Santa Marta. Son sólo 20 minutos de recorrido y, los últimos 200 metros son de carretera destapada.
Cuando llegamos, descendimos del carro, tomamos nuestros equipos y nos subimos en la balsa hecha de una sola pieza de madera de turpillo, excelente para flotar sobre el agua. Enrique, nuestro diestro conductor, no tenía un remo sino un palo larguísmo de manglar, que me sorprendió por su flexibilidad y resistencia.
Cuando la laguna dejó de ser lo suficientemente profunda como para seguir en la balsa, nos bajamos para continuar con la búsqueda de los flamencos rosados, que ya se veían tenues en el horizonte.
El suelo es gredoso y resbaloso y los pies se hunden más arriba de los tobillos cuando el peso del cuerpo recae entero sobre ellos. Mientras menos profunda el agua, más caliente y, si se mira bien, hay pececitos diminutos que se mueven entre mis pies. A mí me encantó la sensación, me pareció terapéutica... no sé qué piensen otras personas.
Caminamos con nuestras cámaras para fotografiar a las enormes aves rosadas, pero resulta bastante difícil porque, más o menos a cien metros de distancia, ellos levantan el vuelo para alejarse de nosotros. Seguro que Carlos logró mejores fotos que yo porque tiene un lente con más tele que que el mío.
Mientras tanto, Mario hizo una esférica. En realidad hizo dos. La primera con su trípode, pero como no está en buen estado, decidió hacer otra con el de Suescún, unos metros más cerca de la balsa en la que llegamos. ¡Creo que van a salir excelentes!
Después llegamos al tortugario, donde nos recibieron con una arepa de queso y jugo de tomate de árbol. La población de esta zona es afrodescendiente, pero muchos niños tienen cabellos rojizos, al mejor estilo de un katiro.
Vimos tortugas de carey, especie en vía de extinción; tortugas verdes, de dieta vegetariana, y tortugas cabezonas, con un llamativo caparazón terracota. Ahí las tienen en rehabilitación o reproducción, para devolverlas al mar.
Las tortugas eran antes parte de la comida habitual de cualquier habitante de la Guajira. Gracias al Santuario y otros ambientalistas, todos aprenden a conservarlas.
El trabajo de los administradores del lugar es admirable porque han logrado que la comunidad y los pescadores entiendan la importancia de cuidar estos animales y llevarlos de nuevo al mar. ¡Toda una proeza para personas que crecieron comiendo la carne del reptil!
Almorzamos en la reserva, en un restaurante y hospedaje conocido como El Remanso del Santuario. Una cazuela de mariscos deliciosa que nos quitó el hambre y nos dio satisfacción. De un momento a otro, empezó a llover y un trueno cayó a pocos metros de nosotros, en un pararrayos instalado junto al lugar. ¿Debo describir el susto que nos pegamos?
Después volvimos a los carros para emprender el camino de regreso, pero, como había llovido el suelo tenía mucho fango. La camioneta de Iván, uno de nuestros guías, pasó sin problema, pero el de nosotros, un automóvil apenas un poco más alto que los normales, se quedó atollado en la arena. En medio de la lluvia, Iván revolcó el otro carro, tan fácil, que no dio tiempo para emocionarse en medio de la dificultad.
Se supone que en la tarde, tras nuestro regreso a Riohacha, veríamos una muestra cultural en la playa del malecón, pero justamente por la lluvia, no pudimos. Esperamos verla el martes, antes e que Mario y Ewa regresen a Bogotá. No tuvimos más remedio que volver al hotel para tomar un baño y descansar.
Cerramos el día con un plan que no quisiera perderme mientras en quede en Riohacha: tomamos un jugo natural de casi un litro en la Avenida o la 15. A esa hora, después de toda la actividad, no hay nada que refresque y rehidrate. Sé que un litro suena a mucho, yo misma casi no me siento capaz de tomármelo completo, pero sencillamente no puedo parar.

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