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Parque Chicamocha y escalada. Día 3

Haga click sobre la imagen para ampliarla Parque Nacional Chicamocha. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Parque Nacional Chicamocha. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Nos levantamos temprano, desayunamos y nos encontramos con Daniel Guzmán, de la oficina de Proexport em Bucaramanga, para ir hacia el cañón de Chicamocha. El día estaba un poco nublado y queríamos mucho sol para que las fotos mostraran la belleza e imponencia de su paisaje.

La carretera está cercada por árboles de flores pequeñas y llenos de musgos que parecen barbas. Cuando acaba la vía pavimentada, se inicia un camino de tierra roja y pastizales eternos que enamoran. Cuarenta minutos después de salir de Bucaramanga, ya estábamos en la Mesa de los Santos, listos para ingresar en el teleférico y cruzar el cañón.

Nuestra estupefacción con el paisaje era evidente. Tomábamos fotografías como desesperados, en busca de poder expresar al menos con una de ellas la belleza natural del lugar. En la parte más baja, se ve tímido el río Chicamocha que serpentea entre barro amarillo y terracota. Durante 50 minutos, ese es el espectáculo que presenciamos.

Una vez en el otro lado, nos detuvimos a contemplar el monumento a la Santanderianidad, el cual representa a Manuela Beltrán entre otros luchadores de la gesta comunera, todos de pie sobre una hoja de tabaco, para rendirle honor a la templanza de su gente y la productividad de su tierra.

Acto seguido, nos dejamos poner los arneses y trepamos una pequeña escalera portátil para dejarnos llevar al extremo más alto del Parque Nacional Chicamocha. A lo largo de una línea del canopy, nos deslizamos a toda velocidad para sentir el fuerte vértigo. Produce más vértigo que el parapente, pero es igualmente emocionante. El costo de la entrada al parque es de $36.000 pesos y el del canopy es de $19.000 pesos.

El Parque tiene dos accesos: uno, en el extremo de la Mesa de los Santos, cercano a Bucaramanga y, el otro, en el corregimiento de Aratoca, a una hora de Barichara. Como dejamos el carro en los Santos, tomamos de nuevo el teleférico, para regresar y así poder ir a conocer los muros de escalada de la región.

Montañas santandereanas para la escalada en roca

Haga click sobre la imagen para ampliarla Escalador en la Mesa de los Santos. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Escalador en la Mesa de los Santos. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Antes de llegar a nuestro destino, nos detuvimos a conocer una de las plantaciones de tabaco, que un amable campesino nos mostró. En un mismo terreno, ellos siembran el tabaco, el cual tiene flores rosas y blancas, cortan sus hojas cuando están maduras, y las cuelgan bajo techo, para que se sequen.

La construcción bajo la cual se seca el tabaco está hecha de guadua y un techo de zinc que se calienta lo suficiente para garantizar la calidad del producto. El edificio puede medir hasta 7 metros y, en la parte superior se encuentran las hojas más secas, de manera que el color se degrada hasta el verde de las hojas más frescas, cerca al suelo.

La carretera es una de las más bellas que haya visto. Aunque no se la que está en mejores condiciones (hay una segunda perfectamente pavimentada), sí es la más hermosa. Se ven pastizales y cultivos de tabaco verde vibrante que contrastan con el atardecer de rayos naranja. Ese juego de colores se intensifica con el terracota del suelo que, con el paso de los autos, se alborota y llena todo de un polvillo que refleja cada rayo de sol.

En un mismo terreno, ellos siembran el tabaco, el cual tiene flores rosas y blancas, cortan sus hojas cuando están maduras, y las cuelgan bajo techo, para que se sequen y así venderlas.

Finalmente, llegamos a un enorme muro de escalar que se hace más escalofriante por su ubicación en medio del cañón. Había varios deportistas que se agazapaban sobre la roca, para luego extender brazos y piernas para poner el arnés en la línea. Vencer el vértigo desafiante es una de las partes que más trabajo me costarían, pero creo que es un deporte emocionante que quiero aprender.

Cuando regresábamos al carro, ambos Carlos jugaron bolo aéreo, una especie de tejo mezclado con bolos. El juego consiste en tumbar al suelo tres pinos de madera, con una pesada bola metálica de 15 centímetros de diámetro, aproximadamente. Ambos fallaron por mucho, a diferencia de los locales que, a pesar de las cervezas que llevaban encima, estaban perfectamente lúcidos; bueno, al menos sí su puntería.

De camino a un nuevo y pintoresco hotel, el Acuarela, pasamos junto a un espectacular mercado campesino hecho en tapia pisada, la más grande del país. Posee techos vivos llenos de flores y otras plantas, lo convierten en un lugar muy especial. El panorama queda completo con el lago que presta su reflejo para fundirse con los destellos multicolores del atardecer.

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