Colombia Guía oficial de viajes
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Jueves 12 de Agosto de 2010 00:00
Nos levantamos un poco más tarde porque la oscuridad del día lluvioso cambió un poco nuestra percepción del tiempo. Salimos en medio de la lluvia hacia El Cantil. Después tomamos fotografías de las muchachas de la cocina que tanto nos han deleitado con sus preparaciones y pociones. Preparaban de nuevo el “desmechado encocado” tan típico el Pacífico y que tanto nos gustó.
Con ellas cantamos canciones típicas como el Makerule y reímos mucho. También aprendí a hacer ese delicioso plato que, con seguridad prepararé para mi familia, cuando vuelva a Bogotá.
Cuando terminamos de almorzar, fuimos con Tello, Sofi, Ewa, Mario y Carlos a surfear de nuevo, aún cuando sabíamos que la marea subiría dentro de poco. Las olas batían furiosas y de veras el trabajo para poder entrar al mar con el peso de la tabla, fue arduo. Apenas avanzaba unos metros,, una ola gigante me golpeaba y enviaba varios más atrás. fue poco lo que pude hacer, pero entendí el respeto que debe tenérsele al mar.
Como la marea subió tanto, decidimos qe era momento de regrsar, pues no queríamos que Sofi se accidentara. Era mucha responsabilidad porque ni Marta ni José estaban con nosotros. Fue demasiado tarde, todos se adelantaron y yo me quedé un poco más para esperar que Carlos saliera del agua. Mientras él reposaba en una roca, yo seguí el camino, pero elegí el peor: la playa.
Debo decir que, en varios momentos estuve asustada, pues había peligro de que algún tronco suelto me golpeara, una ola me empujara hacia las rocas o la marea me llevara mar adentro.
Me agarré de los manglares y entré a la selva, justo antes de llegar a unas rocas con las que seguro la marea me habría empujado.
Intenté meterme entre la vegetación para evitar la playa, pero era demasiado espesa y no me dejaba pasar, así que me agarré de de los manglares con fuerza para que nada me sucediera. Sentí un gran alivio cuando, en la desembocadura de un riachuelo, divisé las tablas de surf y entré a la selva, justo antes de llegar a unas rocas con las que seguro me habrían lastimado.
Entre la vegetación,nos hundíamos en el lodo casi hasta las rodillas y Sofía empezó a asustarse. Aún más cuando se sujetó de una rama que tenía espinas. Sin embargo, se sobrepuso con rapidez: apenas hablaba cuando llegamos al hotel, pero al final estaba sonriente de nuevo.
Cuando el día se aproximaba a su final, empezamos los abrazos y despedidas, puesto que, al día siguiente en la mañana la familia de españoles y la pareja de holandeses partían. Me alegra mucho haberlos conocido.

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