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Una selva de ranas venenosas. Día 3

Haga click sobre la imagen para ampliarla Una de las ranas venenosas del bosque de Nuquí. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Una de las ranas venenosas del bosque de Nuquí. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Nos levantamos, desayunamos y salimos a enfrentarnos con la montaña para conocer a las diminutas ranas rojas, verdes y amarillas que habitan en la cima. No es una caminata sencilla: es una subida empinada llena de lodo y plantas que se enredan en los pies. En ese momento sentí como la humedad se adhería a mi piel y el calor me hacía sudar. Fueron 4 horas, de las cuales 2 fueron de subida, 30 minutos fueron de observación y 1 y media, de bajada.

Aunque la exigencia física es grande, aún mayor resulta la satisfacción de llegar a la cima y encontrarse con los tímidos y venenosos anfibios. Es una actividad perfecta para hacer entre el desayuno y el almuerzo ya que, al descender, se ha consumido tanta energía que sólo puede pensarse en la comida que Irma, Mori y Érika nos preparan.

Pudimos ver sus vientres, aletas, ojos, colas... Las ballenas saltaron para mostrarnos su belleza y darnos una lección de humildad.

Después emprendimos de nuevo el camino mar adentro para encontrarnos de nuevo con las ballenas. Sólo tuvimos que navegar unos cuantos minutos para presenciar estos espectaculares mamíferos salir del agua para tomar aire. Pudimos ver sus vientres, aletas, ojos, colas... Saltaron para mostrarnos su belleza y darnos una lección de humildad.

Cuando volvimos a tierra firme, el afán por quitarnos el barro de la selva y la sal del mar, e hizo agradecer el gesto de Marta, quién me prestó su ducha. Cada vez ciento más cariño por ella y su familia; en realidad son personas muy bellas.

Debido a un problema con la agencia de viajes, tuvimos que dormir en otra posada, bonita, pero carente de de ese toque femenino de Adriana, la dueña de El Cantil, le imprime a todo y el ambiente fraternal, casi familiar, que ya rondaba por ahí.

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