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Colombia Guía oficial de viajes

Nuquí, tesoro natural. Día 1

Haga click sobre la imagen para ampliarla Ballenas jorobadas en Nuquí. /Fot: Carlos Suescún.

Ballenas jorobadas en Nuquí. /Fot: Carlos Suescún.

En una avioneta DHC-6-300 Twin Otter para 19 pasajeros, empieza el viaje de Medellín a Nuquí. La vibración de las hélices se siente en el pecho y, a través de las ventanas, Medellín se aleja como una enorme maqueta de techos de barro.

El río Cauca serpentea entre las montañas y se pierde en el horizonte, después de 10 minutos de vuelo. Una selva espesa se anida en las montañas aún no tocadas por el hombre. Treinta minutos después de despegar, se vuela sobre lo que supongo es el río Atrato que nada junto a una vasta ciénaga.

Lo más emocionante es ver la vegetación aclarase con la proximidad con el mar, hasta que finalmente aparece azul y gris ante los ojos, para dejar a las montañas fundirse en él. Al descender del avión, decenas de niños se acercan curiosos para sonreírle a la cámara. Aunque cálido y húmedo, el clima se torna agradable con la brisa que sopla desde el mar.

Poco a poco empieza a descubrirse la vida que los humanos hacen en el mar y un aroma a sal despierta la sed de aventura. Indígenas caminan entre afro colombianos y se mezclan en una vista de teces multicolores.

Al entrar en el mar, la velocidad de la lancha revela el ambiente fresco del Pacífico colombiano, mientras nos adentramos en la selva, para llegar al hotel.

Resulta un poco difícil describir las emociones e ideas que cruzan por mi cabeza en medio del océano Pacífico: ansiedad por imaginar todo lo que se verá, con la certeza de que, en realidad, es por completo diferente porque los real siempre supera la expectativa; sólo hace falta saber cómo.

En su mayoría esos son los pensamientos que cruzan mi mente, sumados a la estupefacción que me genera el paisaje de la selva virgen a merced de un mar furioso, cierto por densas nubes que llaman la lluvia.

Jungla, ballenas y mar

No muy lejos de mí, decenas de ballenas estaban nadando sin que yo lo percibiera.

Cuando llegué me encontré con un hotel maravilloso que me obligó a desconectarme de computador y celular, para apreciar mejor lo que la esta tierra fértil ofrece.

Devoramos un plato de pargo frito, ensalada de remolacha, y zanahoria, moneditas de plátano y arroz de coco, para recuperar energías e ir a la cascada de los enamorados. Es un camino complicado, que exige zapatos de agua y prueba las habilidades físicas. Después de los enamorados, se atraviesa un sendero más agreste hasta llegar a la casada Las Gemelas, donde se toma un refrescante baño de agua fría.

Una vez en la playa, cerré los ojos y disfruté el canto de las olas. No muy lejos de mí, decenas de ballenas estaban nadando sin que yo lo percibiera. Hace mucho que no me quitaba de encima el peso de la ciudad y eso, más que nada, me llenó de una profunda paz.

Más cerca de la jungla, los sonidos cambian y animales como las chicharras, grillos, y otros insectos inundan el espacio sonoro. Los pájaros cantan y revolotean al llegar el atardecer, sin embargo, de todos los cantos el más poderoso es el de los monos aulladores que, imagino, llaman a sus hijos para ir a dormir sobre las ramas altísimas.

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