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Por las calles de Providencia. Día 5

Haga click sobre la imagen para ampliarla Músicos isleños.

Músicos isleños.

La noche anterior estuvimos en Roland's Bar. Es un lugar de encuentro en la playa de Manzanillo, donde se escucha reggae, soca, raga, calipso e incluso salsa y reggaeton. Los providencianos bailan con los turistas y les enseñan a bailar. Yo misma tuve mi clase personalizada por Rolando, dueño del bar, y Curramba, uno de sus amigos. Es la mejor manera de compartir con la gente local.

Al día siguiente, nos preparamos para ir a Felipe Diving, el local de un buzo certificado que ofrece la instrucción en medio de la barrera coralina de Providencia. Su local es pequeño pero cuenta con todo el equipo necesario para inducir a la gente en el mundo del buceo. Luego desayunamos en un pequeño restaurante donde conocimos a un isleño que ha viajado por todo el mundo y que hoy se dedica a hacer talleres literarios con los niños de la isla.

Quedamos decepcionados porque nos perdimos una de las costumbres más representativas y arraigadas de Providencia: las carreras de caballos en la playa. Es una costumbre que data de tiempo de la colonia holandesa y, quienes lo practican, no saben decir hace cuánto sus ancestros empezaron esta tradición. Sin embargo, hablamos con Ismael Watson, uno de los corredores más veloces de la isla, y nos contó que, en un día puede haber tre o cuatro carreras y que se hacen de a dos competidores, sólo cuando la marea está baja, porque de lo contrario los animales corren el riesgo de partirse las patas.

También hablamos con Olivier para que nos contará por qué decidió quedarse en Colombia. Para él, la gente, el paisaje, el estilo de vida y el generoso mar de Providencia fueron las llaves mágicas que lo ataron a Providencia. A la vida de los providencianos la rodea un halo de misticismo que se debe a su cultura; eso fue lo que lo enamoró. Yo misma lo he hecho también.

Últimas horas en Providencia

Todos los raizales aman a su isla más que a nada, porque saben que viven en medio de un tesoro natural que no tiene igual.

Dimos una vuelta en una moto que alquilamos, por la carretera que está rodea la isla. El mar seguía abriéndose azul igual que el cielo moteado por algunas nubes. Todos nos saludaban al pasar y una sonrisa amplia llenaba sus rostros. La tarde empezó a caer y de nuevo alistamos nuestro equipaje para ir al aeropuerto y volver a San Andrés, en el último vuelo.

Cuando llegamos, tomamos nuestro equipaje, fuimos al centro y alquilamos una moto. Dimos una vuelta a la isla para atrapar el atardecer y lo fotografiamos hasta que el sol se escondió tras las nubes. A la hora de la cena fuimos de nuevo a La Regata, esta vez no para fotografiar los platos sino para probarlos: unos camarones deliciosos y unos chicharrones de pescado deliciosos bajo la luz de la luna. ¡Fue el momento más relajante para ese día tan duro de trabajo! Siguiente plan en la lista: dormir en el hotel.

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