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Tour acuático en Providencia. Día 4

Haga click sobre la imagen para ampliarla Raizales en Santa Catalina. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Raizales en Santa Catalina. /Fot: Natalia Gómez Carvajal.

Un pequeño avión nos esperaba en el aeropuerto para llevarnos al punto más distante, hacia el norte de nuestro país. Bajo la aeronave se deslizaban el mar y su barrera coralina y, después de 20 minutos de vuelo, apareció una isla montañosa de verdes intensos abrazada por un mar que no tiene siete sino mil colores que dibujan un paisaje espectacular.

Providencia, también conocida como Old Providence, es una especie de lugar encantado donde las ceibas hacen nevar sobre el mar sus semillas algodonadas. Desde el que se entra a la isla uno se siente privilegiado por estar en un lugar de tanta belleza. En el aeropuerto nos recogió Amparo, una bogotana que se radicó hace más de veinte años en el lugar, por amor a su naturaleza y a su gente.

Nos llevó a dar un tour en los alrededores de la isla sobre su lancha y la de su marido Olivier. Olivier es de Mauritania, África, y tiene nacionalidad francesa, como Amparo, hace más de dos décadas conoció Colombia y decidió que Providencia sería su nuevo hogar. Nos dieron un tour maravilloso en el cual conocimos Santa Catalina, una isla cercana, la famosa cabeza de Morgan: tiene ojos, labios, nariz, oreja y cabello como si en realidad hubiera sido un humano gigante convertido en piedra.

El sol brillaba fuerte sobre nosotros y el bloqueador solar se hizo indispensable en todo el cuerpo. Bordeamos Santa Catalina que, en realidad fue parte de Providencia, pero se convirtió en una isla independiente cuando los piratas en tiempos de coloniales abrieron un canal para protegerse de los enemigos. Nos detuvimos para que Olivier pescara la cena de esa noche: en menos de cinco minutos, se sumergió y trajo consigo un pargo rojo de más de 40 centímetros y de 8 libras de peso.

Después de pasar Basalto, una isla hecha de lava cuya superficie es tan simétrica que parece tallada por humanos, llegamos a otra isla pequeñísima pero llena de vida. Se trata de Crabs Bay, la puerta del Parque Natural de Old Providence y Mac Bean Lagoon. Miles de cangrejitos puluan entre las rocas y, bajo el agua, pececitos multicolores circulan sin parar.

Desde el punto más alto de la isla se tiene una vista que quita el aliento y da vida: los manglares de parque en la costa de Providencia que rebosantes de especies marinas, se ven como un cordón verde limón y esmeralda. Los providencianos conocen este ecosistema como una salacuna, llena de especies pequeñas que se esconden de sus depredadores entre las raíces de los manglares.

Continuamos nuestro camino y pasamos junto a exóticas playas donde los turistas se refrescan y broncean. Dos de ellas son Manchaneel Bay o Manzanillo y South West Bay o la Playa sur oeste. En la segunda paramos para almorzar en el restaurante El Divino Niño y probamos un plato exquisito conocido como “Mixto”. Tenía pargo rojo, cola de langosta, camarones, caracol, una ensalada de remolacha y arroz de coco. ¡Una delicia!

Los raizales: el mayor tesoro de Providencia

Al final nos subimos de nuevo en la lancha y terminamos de dar la vuelta a la isla. Ya en tierra firme, caminamos sobre el puente de los enamorados, los cuales unen a Providencia con Santa Catalina. En Santa Catalina nunca ha pasado un carro, la gente permanece como congelada en el tiempo en sus casas de madera colorida.

Todos los raizales aman a su isla más que a nada, porque saben que viven en medio de un tesoro natural que no tiene igual.

Entre los colombianos no existe gente más sonriente y amable que los providencianos. Ellos conservan aún muchas de sus tradiciones y forman parte de uno de los grupos étnicos de Colombia: el raizal. Todos son amigos, todos se conocen, todos aman a su isla más que a nada, porque saben que viven en medio de un tesoro natural que no tiene igual. Son navegantes y pescadores por naturaleza que, desde niños, aprenden a sumergirse entre la barrera coralina y a reconocer innumerables especies marinas.

En Providencia no hay hoteles, pero sí muchas posadas turísticas pequeñas, pero bien insertadas dentro del entorno, así que uno permanece en contacto con la naturaleza. Desde las habitaciones se escuchan los pájaros y se ven las plantas de la región. No podría encontrarse en el mundo un mejor lugar para descansar y despejar la mente.

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