Colombia Guía oficial de viajes
Miércoles 14 de Abril de 2010 00:00
Amanece de nuevo. Desde nuestra habitación se escucha tenue el mar. Es hora de arreglarnos de nuevo e ir a nuestro encuentro con Patricia, de Mundo Marino, para irnos a Johnny Cay. La mañana es calurosa y el sol brilla. Algunas nubes adornan el cielo sobre nosotros. Diego, un isleño alegre y bromista que trabaja con Patricia, nos lleva hacia el puerto de la cooperativa de lancheros, junto a la Casa de la Cultura.
Emprendimos nuestro camino en lancha hacia el Acuario, una pequeña porción de playa rodeada por peces y corales; el lugar perfecto para caretear y ver los erizos rojos, blancos y negros. Por cinco mil pesos nos alquilaron la careta y, por doce mil más, adquirimos unos zapatos de goma, vitales para caminar en esta piedra coralina que lastima a los pies desnudos.
Después de eso, nos dirigimos hacia Johnny Cay en la lancha Beethoven. Cuando nos bajamos, descubrimos un paraíso que nunca antes habíamos visto: una playa semidesierta y ocupada apenas por algunos turistas que tomaban el sol y recorrían la piedra coralina que abraza a toda la isla. Tomar fotografías se convirtió en una obsesión para Carlos, el fotógrafo de Colombia Travel, quién obturación tras obturación descubría la belleza inigualable del mar turquesa y la arena blanca.
Menú del día: pescado frito acompañado por arroz de coco, plátano y ensalada ¡Una delicia! Esto, acompañado por un “Cocoloco” y un daiquiri de fresa, fue nuestro almuerzo. Comimos junto con otros turistas de Estados Unidos, Argentina y Uruguay que también disfrutaban de la vista y la buena comida.
A las tres de la tarde volvimos a San Andrés y tomamos el Galeón del Capitán Morgan, una embarcación que recuerda las de tiempos de la conquista y que enciende la música para hacernos bailar al ritmo del reggae, la socca y la raga. Nuestro lugar de parada fue de nuevo el Acuario, pero esta vez para ver la hermosas y peligrosas mantarrayas, un animal marino que tiene un aguijón venenoso en la cola.
En San Andrés, en un solo día es posible conocer piratas, tocar mantarrayas y ver bailes espectaculares.
Alonso, el domador de mantarrayas que nos acompañaba, las atrae con sardinas y las toma por las aletas para levantarlas y mostrarnos el vientre blanco del animal que abre la boca para respirar. Todos se reúnen alrededor de él y lo tocan con cautela. Su piel resulta muy extraña al tacto: toda recubierta de una mucosa.
Al final de la tarde, ya estamos en tierra firme de nuevo. Ahora queda tiempo para tomar un baño en el hotel y prepararnos para lo que sigue: un show de baile, al cual nos llevó nuestro amigo y guía Carrel, del Jardín Botánico de San Andrés. Al principio creímos que veríamos reggae, socca y ritmos similares, pero en su lugar, tuvimos bailarines haciendo acrobacias y probando pasos que estremecían su cuerpo entero, al ritmo de rock, pop e incluso salsa. Yair, el coreógrafo, queda orgulloso al final de la presentación y nos agradece haberlo acompañado.
Después de una merecida comida en un pequeño restaurante local ubicado en el centro, regresamos al hotel exhaustos, pero con una sonrisa enorme por el día tan provechoso que pudimos disfrutar. A cada minuto, se hace más difícil evitar enamorarse de este lugar que es un paraíso no sólo natural sino de calidez humana. Ya no me extrañan esas historias sobre turistas que llegan un día a la isla y se quedan para siempre.

© 2012 por Proexport Colombia - Vicepresidencia de Turismo
Este sitio usa Joomla como plataforma, adaptación: Astrolabio.
Sitio validado con los estándares del Consorcio W3C: