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Cuando estuve en Macondo

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos"

Gabriel García Márquez, Cien años de Soledad

Es difícil hablar de las tierras vallenatas sin sentir que incurro en un lugar común. La internacionalización del folclore vallenato, la extensa y alucinante obra del Nobel Gabriel García Márquez, el reciente fallecimiento del maestro Rafael Escalona, y más allá de esto, un sentir y una forma de vivir que es propia de una de las regiones más exuberantes del país, justifican para mí en esta ocasión caer en este tópico recurrente de la idiosincracia Nacional. Una forma de vivir que encontró expresión en los cantos de los juglares vallenatos, quienes originalmente cantaron a la mujer, al paisaje sabanero y a los curiosos hechos que en Macondo y sólo en Macondo acaecían de la forma más extraña. Una forma de sentir que es alegre y tremendamente sentimental a la vez.

Cuando conocí Macondo (y con esto quiero decir cuando desde Bogotá me dirigí hasta la población de Fundación, justo después del corregimiento de Caracolicito todavía en el departamento del Cesar, e inmediatamente antes de Aracataca, en dónde debía encontrarme con un amigo para dirigirme hasta el corregimiento de La Gloria, a los campamentos de REFOCOSTA, una de las más extensas plantaciones con fines de aprovechamiento forestal en el país)... cuando conocí Macondo lo primero que entendí fue que allí el tiempo transcurría de otra forma. Debí esperar aproximadamente unos 30 o 40 minutos a que la camioneta de REFOCOSTA llegara por mí, tiempo que aproveché para caminar por las calles de Fundación, con un calor que pronto, muy pronto hizo mella en mi cachaca humanidad, y que por supuesto y como es costumbre, fue motivo de las burlas de los lugareños. Almorcé en un restaurante cualquiera, un almuerzo cualquiera, y luego me dirigí a la ribera del río Fundación y trabé conversación con una de las muchas mujeres que desde allí observaban a sus hijos bañarse y jugar en el ennegrecido río. Diez minutos que a mi me parecieron sesenta, en los que escuché los relatos ya no de la belleza, sino más bien de muchos de los horrores acaecidos también en esta zona de Colombia. Historias que no sólo hablan por boca de quienes han padecido estos horrores, sino que ya en todo el viaje se anuncian, cuando se recorren kilómetros y kilómetros sin que a derecha o izquierda desparezcan por un momento las extensísimas plantaciones bananeras, epicentro de no pocos ni desconocidos sucesos de la historia nacional, que son dibujados magistralmente por García Márquez en muchas de sus obras. Porque la paradoja de Macondo es que allí sucedan las cosas más hermosas, pero las más atroces también. Que allí nazcan las más bellas mujeres pero también los más detestables tiranos.

Nunca entendí si esa extraña percepción del tiempo era producto del calor, que casi me hizo alucinar, de mi obvio cansancio por el largo viaje, o simplemente una maquinación influenciada por mi propia idea de lo que Macondo era o es. Sea lo que fuere, entendí porque en Macondo siempre era marzo, porque allí simple y llanamente el tiempo se resiste a transcurrir.

Lo segundo que entendí fue la grandeza de García Márquez, que más allá de su magnífica prosa, dibuja, como nadie podría haberlo hecho -ni podrá hacerlo jamás- de la forma más fiel y hermosa una realidad que está allí ante los ojos. Su grandeza fue contarlo como lo contaban los juglares vallenatos de antaño, el realismo mágico no se lo inventó él, el realismo mágico es el patrimonio único de Macondo. Allí están los enormes árboles de los que puede creerse contenían al mundo antes de que todo fuera, los hombres y mujeres de rostros enjutos, de piel pegada a los huesos y de apariencia milenaria. En cada uno de los municipios de las tierras vallenatas (cuyos límites ignoro y que distingo más bien por su inconfundible olor) puede uno encontrarse con Macondo, poblaciones envejecidas, que no tienen más que ofrecer al viajero que su encantadora magia, porque allí no hay lujosos restaurantes, ni grandiosos hoteles. Allí hay mariposas amarillas (si que las hay, es verdad), huele a almendras amargas en la plaza del pueblo y en la casa de Gabo en Aracataca, huele, siseñores es verdad, huele a mierda. A mierda de verdad, no es una metáfora.

Una vez pude escapar del hechizo de los diez minutos más largos de mi vida, y ya camino al municipio de San Angel, lo tercero que entendí fueron los cantos vallenatos. Entendí porque uno piensa en el ser amado cuando llegan las horas de la tarde, y porque le provoca volver a los sabanales y aquellos guayabales. Las sábanas tropicales, los árboles raquiticos que de cuando en cuando salpican el horizonte, y cuya apariencia es similar a la de los lugareños. Un hechizo del que fui desterrada para sumergirme en otro que se anunciaba con un sonido atronador, y el que es tal vez mi foto favorita del viaje: mi camioneta se detuvo porque pasaba el tren, el mítico tren de inacabables vagones (de esos que en Colombia causan sorpresa porque como no hay trenes...) cargado de carbón, desde El cerrejón, en La Guajira, hasta donde creo, se siguen extendiendo los dominios de los Buendía y a dónde se llevaron a Fermina Daza por una larguísima temporada para acabar de contariar su ya contrariado amor con Florentino Ariza.

Muchas otras cosas entendí en este viaje, en un proceso más bien poco consciente y reflexivo, porque cuando se está en Macondo uno no piensa, cuando uno va a Macondo siente, porque otra cosa no puede hacer, las sensaciones se imponen a cualquier pensamiento. Los días posteriores a mi llegada a las plantaciones de REFOCOSTA, tan sólo tres, fueron dedicados exclusivamente a cabalgar por esas ya descritas sabanas tropicales, y a dónde quisiera que en realidad todo viajero pudiese ir alguna vez. Parte de ese país que no está en la guía turística, y en el que lo que se impone es lo natural, una realidad que ya ni en loslibros está y a la que no hay otra forma de acceder que estando allí. Leves colinas interrumpiendo ocasionalemnte la inacabable sabana, los búfalos con sus ojos antiguos y sus pieles de negro betún, los vaqueros, de entre los cuáles no olvidaré a Tango, un anciano de piel tostada, de guayabera y acordeón, que entonaba sus improvisadas décimas cada tarde de aquel agosto inolvidable y que en las mañanas me enseñaba la Sierra desde el campamento.

Haga click sobre la imagen para ampliarla Árbol de Ceiba

Árbol de Ceiba

La última gran sorpresa del viaje fue encontrarme de frente con Macondo, un gigante de casi 20 m de altura, el Cavallinesia platanifolia, una clase de ceiba, de las que en Colombia se encuentran muchas, y que se caracterizan por su tronco abombado y aparentemente hueco. Creo que mis recuerdos de este viaje terminan allí, cuando mi acompañante, mucho más docto que yo en asuntos botánicos, hubo declarado que teníamos a un árbol cuyo nombre era Macondo frente a los ojos. El último de los hechizos posibles de este viaje, y del cual aún no escapo, por que para mí de éste árbol de tronco abombado y de fruto extraño, ligero y apergaminado (de los cuáles aún conservo algunos en una caja olvidada), para mí es posible creer que allí se contenía y de allí surgió este mundo llamado Macondo, del cual en algunas ocasiones, cuando me pongo a recordar como huele y como se siente en la piel, me siento tremendamente enamorada. Otra explicación no quiero, y de mi hechizo no quisiera escapar. Los dejo pues con la instantánea del fin de mi viaje, y con dos canciones de esas que expresan mejor que muchas descripciones el sentir de la tierra vallenata. Un gusto escribir en esta ocasión.

Dos de mis vallenatos favoritos de todos los tiempos:

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