Colombia Guía oficial de viajes
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Viernes 29 de Mayo de 2009 16:09
Alá, alá, alá es el saludo en Bogotá"
Bogotá es una ciudad enorme. Tengo que confesar que casi no me gusta salir de mi casa, a menos que ello demande menos de 30 min de viaje y que pueda obviar los muy frecuentes trancones de la ciudad, o que se pueda caminar para llegar, porque yo, al igual que @matiasjajaja, ni tengo carro ni se conducir a estas alturas de la vida, ni mucho menos está en mis planes tenerlo.
A mi me gusta acabar suela o pelear con conductores. Es que nada me atormenta más que un trancón, y cada vez que tengo que enfrentarme a la aventura que es salir en Bogotá , maldigo en los buses, odio a los alcaldes y lanzo improperios contra quienes idearon el plan de movilidad de la ciudad. A los conquistadores los odio también por hacer mal los primeros trazos, a Don Gonzalo Jiménez por habérselo ocurrido idea tan excéntrica de hacer una ciudad en una meseta en medio de la cordillera y a los ingenieros por no ser capaces de idear soluciones efectivas. Es que moverse en Bogotá, seamos sinceros, no es fácil.
No me gustan los centros comerciales, de los que hay muchos en la ciudad, no me gustan sus luces blancas, ni la eternas colas para comer helado un fin de semana, ni el calor de los locales, ni las terrazas de comidas, ni las arquitecturas excéntricas o palaciegas en medio de zonas residenciales que rompen con la estética de la ciudad, y como no, detesto que me esculquen la maleta para entrar.
Detesto por sobre todo la lógica –debería decir más bien ilógica- que subyace al hecho de orientarse en una de estas enormes cajas sin norte ni sur, detesto no poder ver hacia afuera porque no veo los cerros de la ciudad, que siempre han sido mi punto de referencia para saber en dónde diablos estoy. Es que a mi desde pequeña me enseñaron que Monserrate era el oriente y que para allá se decía “subiendo”, que las carreras en Bogotá corren paralelas a los cerros y las calles perpendiculares, y que la peor desgracia es una dirección que diga diagonal o transversal porque ahí puede ser cualquier cosa o ninguna.
Todas estas consideraciones restringen mucho mis posibilidades de salir a pasear por la ciudad, porque trancones de seguro los hay en cualquier lado y porque cualquier destino en Bogotá nunca estará a menos de 20 min de distancia. Total que a mí me gusta el centro. Es uno de esos lugares que si uno visita la capital, no puede perderse por nada del mundo. Hay que ir, así como hay que ir a Maloka (lo confieso, yo nunca he ido).
Entonces yo voy al centro, paseo un rato por los sitios mil veces recorridos, porque a mi de pequeña la abuela me llevaba de septimazo, me contaba las historias del 9 de abril, comprábamos gomitas en el Ley, y sí como no, íbamos a la Florida a lo del chocolate. Porque yo me pongo citas en la Jiménez con séptima en el edificio de El Tiempo, o en la Biblioteca Luis Angel Arango, porque sí tengo que comprar un libro voy a la Lerner o a la Librería Nacional, pero a las del centro, porque me gusta sentarme en la plazoleta Santander a fumar un cigarrillo y a ver emboladores, ahí en dónde queda el famoso Museo del oro y justo enfrente de la iglesia de San Francisco. Porque es que yo soy muy rola, me lo dicen los amigos twitteros cuando llaman desde otras partes del país.
Puedo decir que he pasado muchas, muchas horas de mi vida recorriendo el centro, caminándolo, buscando los chuzos de tomar cerveza barato, los viernes en el Chorro de Quevedo, buscando alguna ricura de comer en la Gran 13, conociendo los billares y muchos de esos sitios underground ,de cosas raras que sólo se encuentran en el centro de Bogotá, y que a la postre uno sólo llega a conocer cuando pasa mucho tiempo por esas calles. Es que yo hasta me enamoré en el centro, y es que en serio, ir hasta el norte es un plan aburridísimo, para mí la ciudad visitable acaba en la 72.
Universitarios, oficinistas, cachacos de racamandaca, abogados y abogaditos, ancianos melancólicos de gabardina, profesores universitarios, locos, indigentes, recicladores, méndigos, tinterillos, escritores frustrados, esmeralderos, gamines, estudianticos- niños- bien del mañana del San Bartolomé y el Agustiniano, hippies, extranjeros, vendedores, chicas chonquetas, presidentes y congresistas, fotógrafos, barcitos de toda clase y cafés a la orden del día. Esto es, entre muchas otras cosas el centro de Bogotá. El cuadro acaso más ecléctico que pueda tenerse de una ciudad que es, por sobre todo, diversa, llena de inmigrantes y de otro poco de gente que se dice bogotana, y que no entiende muy bien qué es serlo. Porque es que ser paisa es ser alegre, dicharachero y amable, porque es que ser costeño es saber bailar y no tener pena de vestirse de colores o de salir en mini en medio del aguacero, es cogerla suave.
A nosotros los bogotanos nos tocó ser los aburridos del paseo, los jartos, los mala clase, los tiesos que no sabemos bailar y de los que todo el mundo se burla en las fiestas, a los que les gusta vestirse de negro, gris y azul. A usted le cuentan que Bogotá es una ciudad fría, y bien, esto es cierto, aunque parcialmente cierto, porque cuando tenga que hacer frente al calor bogotano ud va a creer que le han mentido de la manera más vil. Por eso en Bogotá nunca salga sin chaqueta, pero tampoco salga sin tener en donde meter la chaqueta. Porque es que esta ciudad no es de medias tintas, acá cuando hace calor, hace calor, así como cuando hace frío, hace frío de verdad. Es como una mujer de carácter esta ciudad. Y también caprichosa, porque si se la quiere vacía hay trancones por todo lado, pero si te quedaras en casa, el tráfico es perfecto, si sales habrá lluvia y trancones, si llevas abrigo hará sol, si sales en camiseta el aguacero es seguro.
Yo no entiendo muy bien qué es ser bogotano, porque es que uno a Bogotá no la quiere como los paisas a Medellín, no sé porque, pero uno a Bogotá no la quiere, ni le parece el mejor vividero del mundo, ni las mujeres son las más hermosas, ni es la sucursal del cielo. No, a nosotros nos ha tocado conformarnos con vivir del recuerdo y la nostalgia de lo que fue “la Atenas Suramericana” .
Pero lo que a uno le parece más raro de ser bogotano y de no querer a Bogotá (lo que no implica odiarla) es que todo el mundo se quiera venir para acá. Bueno, será el mismo caso de esas mujeres que no son hermosas, pero con las que todos quieren salir, de las que se dice “tienen algo, un no se que en no sé donde”. Y aunque no profeso un amor profundo por mi ciudad, ni pienso que es lo mejor del mundo, ni que de ahí para allá todo es loma, al centro si lo quiero, ese es el paseo por excelencia y de seguro si alguien viene de afuera yo me lo llevo para el centro.
Me gusta ir a la Biblioteca Luis Ángel Arango un rato, siempre se encontrará alguna exposición, algún evento, o cuando menos se enterará de muchos de los que están planeados; los turistas encuentran ahí, en esa sola calle “de todito”: el centro cultural Gabriel García Márquez, la Donación Botero (adentro hay un muy buen restaurante), la biblioteca y una iglesia recientemente refaccionada (que las hay muchas en el centro), que si Ud se sienta a mirarla desde el Juan Valdés de la Donación Botero, la va a ver muy linda , porque el amarillo contrasta con el tradicional gris del cielo bogotano, y el verde de los cerros, que son marco de esa prototípcia imagen de la ciudad que es Monserrate.
Me gusta bajarme en la carrera 10 (no apto para turistas), subir (osea hacia donde están las montañas) hasta la plaza de Bolívar –a la que confieso, no le veo ninguna gracia, así como tampoco a la catedral, y no, nunca me tomé la foto ahí ni le doy arroz a las palomas-, aunque si em detenmgo un rato siempre frente al Palacio de Justicia y recuerdo todo lo allí acaecido . Me gusta pasar siempre por la callecita que yo llamo “la que queda ahí por el costado del San Bartólome, donde hay un jardín muy bonito con unas palmeras, que luego está el Hotel de la Opera, … tenemos que ir al restaurante que hay en el último piso, como que se llama El Mirador, que dizque tiene una vista como si fuera la Bogotá del XVIII, que no es caro y además.... es que los techos de La Candelaria desde allá se deben ver increíbles… toca ir”.
Me gusta ir a La Puerta Falsa y a la Pastelería Francesa, a comer tamales, dulcecitos y croissants caros, me gusta pasar por el Teatro Colón, me gusta ir a andante ma non troppo a comer un buen corte de carne con spaghetti italianísimo, ahí arribita de la Luis Angel. Me gusta ir a Merlín a ver los libros , en la 8 x 14, "....y es que el sitio es bien bonito... es una librería ahí de un tipo raro, es enorme, en una casa grandísima, y tiene todos los libros del mundo, ....como que el tipo vive ahí... tiene un nombre raro, nunca me lo he podido aprender, igual si el libro que buscamos no está ahí -que no creo-, libros es lo que hay en el sector, y si no pues vamos y nos comemos un buñuelo por ahí ”.
Me gusta ir al Café Pasaje en la plazoleta del Rosario, a la cafetería Romana al ladito, y a la Salerno “… porque es que en la Salerno venden el mejor Tiramisú de la ciudad, pero eso ya es más allá de la Candelaria, porque la Salerno es en la séptima con 19. Si vamos, de paso nos damos septimazo. Ah y lástima que quitaron el café San Roque, dizque lo pasaron para el norte, lástima, no creo que funcione allá, es que era un café muy clásico, hubiera venido antes habríamos ido, que vaina que lo hayan quitado”.
Después de pasear y caminar La Candelaria , la mil veces caminada Candelaria, de la que no me canso porque tiene colores, una hermosa arquitectura, porque hay historia y belleza allí en cada esquina, mucha variedad de gente y comidas (restaurantes mexicanos, cubanos, aregntinos, caleños, corrientazos, chino, empanadas, chileno, etc…) y además, puedo ver los cerros, termino con el plan septimazo que no es otra cosa que caminar por la carrera séptima desde la Plaza de Bolívar hasta la Calle 26. Puede no ser tan romántico como parece, porque por la séptima camina mucha gente, pero es un plan que hay que hacer. (Ojo: si es turista, o aunque no lo sea, no olvidar tomar onces en La Florida, el tradicional chocolate de las no menos tradicionales onces bogotanas, en la 23 x 7) . Y si en la 26 todavía hay piernas y plata para la gaseosa, vale la pena subir hasta La Macarena.
Subo por el parque de los novios o por la plaza de Toros, he entrado a muy pocos de los sitios de allí : restaurantes (muchos), cafés (algunos), discotecas (pocas) pero recomiendo una rumba en La Juguetería –encuentro la decoración del sitio algo creepy pero es uno de sus principales atractivos- y comer fritanga en Criolla Fritanga Bar, una fritanga deluxe.
También hay casas muy bonitas “…es mejordicho, para que se haga una idea, el Soho bogotano, allá parchan los artistas y bohemios de la ciudad, hay casonas muy bonitas y los arriendos son muy caros, porque como todos quieren vivir allá, y además están las torres del parque… a Gaudí si no he ido, ni al Patio, pero que dizque es muy bueno, … ahí donde dicen que se la pasaba Jaime Garzón, hasta fotos del tipo hay por todo lado”.
Algo de todo esto -muy poco por cierto- es el centro de Bogotá. Un paseo que todo el que visite la ciudad debe hacer, y que todos los bogotanos deben repetir. Ir al centro hace parte de esa cosa rara e indefinible que es ser cachaco, rolo o bogotano. Y para entenderlo hay que vivirlo. Me despido sintiéndome orgullosamente bogotana, por esta vez.
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