Al día siguiente comenzamos con una caminata por un sendero habilitado a través de la selva, mientras nos iban contando acerca de las diferentes especies de plantas, árboles, insectos y aves. De entre todos, me llamó la atención uno que mudaba periódicamente de corteza para liberarse de otras plantas parásitas y me quedé sobrecogido con el tamaño de las raíces, que serpenteaban enormes y se entremezclaban por el suelo, compitiendo entre sí. Bordeamos la base de una acacia impresionante de 50 metros antes de llegar a la que teníamos que trepar, de unos 15 metros menos. Mediante dos cuerdas verticales, teníamos que llegar a la copa, impulsándonos primero con las piernas y subiendo los enganches de las manos después, que se fijaban a la cuerda. Una especie de movimiento de gusano de seda y un buen ejercicio para los antebrazos. Como casi siempre, el esfuerzo merece la pena, ya que arriba el premio era para los sentidos.