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DESIERTO DE LA TATACOA


Primero toca decir que la Tatacoa (nombre dado por los españoles en referencia a una serpiente local similar a la cascabel), no es un desierto en sí, sino que es un bosque tropical seco. Pero de igual forma, es una tierra árida como pocas en Colombia, no en vano lleva el sobrenombre de "el valle de las tristezas".  Terreno seco, de color rojizo y gris y una cantidad considerable de cactus y matorrales espinosos le dan al lugar un aspecto muy atractivo para la vista y si se lleva bien el tema del calor, puede ser una experiencia muy agradable para una escapada, ya que además cuenta con una reserva muy importante de fósiles.

Tras salir de Neiva el Domingo al atardecer, nos dirigimos rumbo al desierto, sin saber muy bien el rumbo, pero con la decisión de acampar una noche allá. Preguntando nos dieron la indicaciones para llegar a Villavieja, el pueblo más cercano a la entrada del desierto y capital nacional de la astronomía y la paleontología. El pueblo es bien pequeño pero guarda mucha historia en su ser. primera capital del departamento del Huila, fue escenario de muchos enfrentamientos entre españoles y muchos de los indígenas del sector. Hoy día vive de la agricultura y el turismo básicamente.

Al igual que en Neiva, el pueblo nos recibió, ya de noche, en plenas fiestas. Pero pasamos de largo y nos dirigimos hacia el observatorio astronómico, junto al cual teníamos planeado acampar.

Terreno seco, de color rojizo y gris y una cantidad considerable de cactus y matorrales espinosos

Es importante decir, que en esta región, el tema de las distancias y tiempos no es muy preciso y hay que tener la paciencia para esperarse lo mejor y lo peor. Le pueden indicar que tal lugar está a 1km = 20 minutos en coche, o a 500 m = 1.5 km etc... No pasa siempre, pero es un detalle a tener en cuenta.

Llegados al observatorio, nos indicaron de un buen lugar para acampar, donde la señora Elvira Cleves, familiar de la ilustre Rosalina "reina de la Tatacoa", venerable anciana de más de 90 años ( ya fallecida) y conocida en todo el país.

Nos recibieron con toda la amabilidad del mundo y en vez de acampar, nos quedamos en una pequeña pero acogedora posada propiedad de la familia. Y la cena. Que decir de la cena. Un gran plato de carne de chivo (cabrito) para chuparse los dedos, literal. Y un jugo de chulupa, fruto similar a la maracuyá pero de sabor más cercano a la granadilla. Simplemente delicioso todo lo servido por la señora.

Como nota decir que en los locales y puestos de comida, bebida y hospedaje de tatacoa y Villavieja, los precios no están "inflados" como en la mayoría de sitios turísticos. Precios exactamente iguales a cualquier otro lugar del país. Buen detalle y consideración hacia el turista, ya que estoy seguro de que venderían lo mismo, siendo más caros ( por ejemplo con el agua).

Después de la cena, alistamos las cosas en la posada y salimos a caminar por la zona del observatorio. A pesar de estar el cielo nublado, pudimos ver la luna llena que brillaba por esas fechas y alguna que otra estrella, en la templada noche desértica.

 

 

 

 

 

 

 

 

Vuelta a descansar para al día siguiente visitar en condiciones el desierto.

Un poco más tarde de lo planeado nos levantamos y dimos cuenta de un desayuno para quitar el hambre para un mes. Huevos, arepas, caldo, pan y chocolate para empezar un día como debe ser.

Ya con en estomago lleno, salimos nuevamente hacia el observatorio, donde hay una "entrada" al desierto.

El desierto como tal es un cúmulo de arcilla con formas diversas debido a la erosión de millones de años, no en vano, este paraje fui muy similar a la amazonia actual hace miles de años.

Bajamos por una cuesta y caminamos por los "ríos" secos que sirven de camino para inspeccionar la zona. Sin guía de ninguna clase nos adentramos tierra adentro cual exploradores, pero el calor nos puso en nuestro lugar. No se puede tomar a broma este sitio, a pesar de tener referencias visuales concretas lo que permite ubicarse rápido. Nos ubicamos rápido entonces, pero no así llegamos más rápido. En mitad de ese pequeño laberinto, terminamos sobre un cerro del cual bajar fue una aventura. Pero logramos salir más o menos rápido y sin bajas en el equipo, lo cual es buena señal. Vuelta al mirador del observatorio para refrescarnos un poco después de la larga caminata bajo el sol ( con el cual, por fin, NO me quemé).

Tras la visita al desierto, no teníamos mucha hambre, por lo que regresamos a la posada a refrescarnos y conversar un rato, tras lo cual fuimos de visita al pueblo de Villavieja, ya más tranquilo después de la fiesta.

Pueblo pequeño, con partes coloniales muy bonitas pero no muy bien conservadas. Dimos un pequeño paseo y volvimos a tomar un jugo de chulupa a la sombra de una de las calles principales.

Y de nuevo, vuelta hacia el desierto , donde en una esquina del camino habíamos visto un cartel que decía "piscina". Muy tentador para nosotros. Dicho y echo, nos plantamos en la entrada de la piscina, en la cual solo nos dejaron una hora de baño, porque ya estaban por cerrar.

Curiosamente el agua estaba bastante fría, cosa que no impidió el chapuzón de rigor bajo la emergente luna llena. Un rato bajo el agua nos ayudó a refrescar los cuerpos que tras ese día bajo el sol, ya estaban bastante perjudicados.

Vuelta donde Elvira a degustar una vez más uno de sus platos, esta vez, chorizo, arroz, ensalada etc.. con la sazón propia de la señora que es toda una artista de los fogones.

Con el estomago lleno, nos acostamos fuera de la posada a mirar las nubes y las pocas estrellas que brillaban en la templada noche y así hasta que el sueño hizo acto de presencia.

 

 

4a.m. tocaba levantarse para salir hacia Bogotá, ya que al resto de compañeros de viaje les tocaba trabajar.

El regreso se hizo muy rápido hasta la entrada sur de la ciudad, Soacha, donde los habituales trancones de camiones, buses y demás vehículos hicieron más lento nuestro retorno.

Un paseo que recordaré como uno de los más positivos en colombia. Tras muchos inconvenientes con el Corsa, el clima y los taxis, llegamos a buen puerto y terminamos disfrutando de un lugar que puede llegar a ser mágico y donde la gente local, con su acento chistoso, nos recibió con todo el cariño que esta tierra acostumbra a brindar.

Mejorando las vías de acceso por la parte norte, sería una de las mejores escapadas de fin de semana para lo capitalinos.

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