Colombia Guía oficial de viajes
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Somos una comunidad de extranjeros que vivimos y sentimos Colombia. Aquí encontrarás crónicas de nuestros viajes, llenos de vivencias, sensaciones, sabores, y olores de Colombia. Los invitamos a que conozcan nuestras experiencias.
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De allí a través de un puente colgante pasamos a la copa de otro árbol y descendimos sus 25 metros en caída suave por otra cuerda. Tengo respeto a las alturas, así que a la hora de soltarme de la plataforma para pasar a la cuerda sufrí un poco y mis amigos rieron desde abajo. Ese fue mi pequeño tributo al Amazonas.
Ya después de almorzar, nos aventuramos en el río para tratar de avistar algún delfín rosado o 'boto', como los indígenas lo llaman. Pero de camino nos detuvimos en la aldea de una comunidad. Estaban totalmente acostumbrados a los turistas; en la maloca central había varios puestos de venta de artesanías y enseguida llegó un chico que se ofreció a contarnos acerca de la vida de sus habitantes. Con aportación de todos habían construído una iglesia, habían cementado algunos caminos y tenían un jardín con flores de loto y otras plantas del lugar. Se percibía que allí la gente vivía en humildad, entre la paz y la tranquilidad que confiere un pedazo de selva ya domesticada, con el ritmo vital marcado por la luz, el río y las nubes.
Oscurecía y regresamos al Parque. Al salir del canal de los delfines, el Amazonas bajaba rápido y a la barca le costaba remontarlo. Tanto que empezó a quedarse sin combustible. Enseguida nos alcanzó la otra y nuestro guía les pidió ayuda. En principio la respuesta fue un 'no', porque ellos también andaban justos y nosotros la habíamos gastado por haber decidido a última hora ir a la aldea. Por un instante todos jugamos a imaginarnos intentando sobrevivir a aquella noche entre los cenagales de las orillas, que estarían infestadas de caimanes hambrientos de turistas, anacondas sigilosas, tarántulas mortales, mosquitos gigantescos y pirañas voraces. La imaginación vuela demasiado rápido y cuando regresamos a la realidad ya estábamos siendo remolcados.
Llegó la noche y empezó a diluviar. Desde la litera escuchaba la lluvia que caía con fuerza y resbalaba por el espeso techo de palmiche de la maloca hasta el suelo, donde se filtraba y alimentaba al río, continuando su ciclo. Pensé en los delfines rosados, cuya relación con el río y la selva era tan estrecha, que incluso compartían el mismo depredador. Pensé en la gente de la aldea, con una vida tan diferente a la mía, pero a la vez con tanto en común. En ese momento quizá estuvieran escuchando la lluvia y viendo Directv a través de la parabólica de su maloca. Como yo cualquier tarde de tormenta en la selva de Bogotá.

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