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Amazonía colombiana y Triple Frontera (II)


Al día siguiente comenzamos con una caminata por un sendero habilitado a través de la selva, mientras nos iban contando acerca de las diferentes especies de plantas, árboles, insectos y aves. De entre todos, me llamó la atención uno que mudaba periódicamente de corteza para liberarse de otras plantas parásitas y me quedé sobrecogido con el tamaño de las raíces, que serpenteaban enormes y se entremezclaban por el suelo, compitiendo entre sí. Bordeamos la base de una acacia impresionante de 50 metros antes de llegar a la que teníamos que trepar, de unos 15 metros menos. Mediante dos cuerdas verticales, teníamos que llegar a la copa, impulsándonos primero con las piernas y subiendo los enganches de las manos después, que se fijaban a la cuerda. Una especie de movimiento de gusano de seda y un buen ejercicio para los antebrazos. Como casi siempre, el esfuerzo merece la pena, ya que arriba el premio era para los sentidos.


 

De allí a través de un puente colgante pasamos a la copa de otro árbol y descendimos sus 25 metros en caída suave por otra cuerda. Tengo respeto a las alturas, así que a la hora de soltarme de la plataforma para pasar a la cuerda sufrí un poco y mis amigos rieron desde abajo. Ese fue mi pequeño tributo al Amazonas.

 

 

Ya después de almorzar, nos aventuramos en el río para tratar de avistar algún delfín rosado o 'boto', como los indígenas lo llaman. Pero de camino nos detuvimos en la aldea de una comunidad. Estaban totalmente acostumbrados a los turistas; en la maloca central había varios puestos de venta de artesanías y enseguida llegó un chico que se ofreció a contarnos acerca de la vida de sus habitantes. Con aportación de todos habían construído una iglesia, habían cementado algunos caminos y tenían un jardín con flores de loto y otras plantas del lugar. Se percibía que allí la gente vivía en humildad, entre la paz y la tranquilidad que confiere un pedazo de selva ya domesticada, con el ritmo vital marcado por la luz, el río y las nubes.

En busca del boto

Tras esto, regresamos a la barca rumbo al otro lado, a la orilla peruana. El tipo que la manejaba nos dijo que conocía una zona que los delfines solían frecuentar. Tras varios intentos alguien gritó «¡allí!», miramos todos y distinguimos a lo lejos el lomo grisáceo y rosado de un delfín sumergiéndose tras haber tomado una bocanada de aire a través de su espiráculo. Continuamos rondando el canal arrastrados lentamente por la corriente al tiempo que los delfines aparecían espontáneamente, aquí y allá.

 

 

Los delfines de agua dulce habitan en los grandes ríos americanos y asiáticos. Lamentablemente, son una especie amenazada a nivel mundial, sobre todo en Asia, donde los ríos son el desagüe de la industria. Había leído un reportaje sobre los delfines del Amazonas en la revista National Geographic, pero entonces no imaginé que años más tarde iba a poder contemplarlos en libertad, en su hábitat. Aunque no los vimos de cerca, sí que se llegaba a apreciar su cabeza abultada y su hocico alargado característicos, que lo alejan de la imagen frecuente que tenemos de un delfín, el mular.

 

 

Oscurecía y regresamos al Parque. Al salir del canal de los delfines, el Amazonas bajaba rápido y a la barca le costaba remontarlo. Tanto que empezó a quedarse sin combustible. Enseguida nos alcanzó la otra y nuestro guía les pidió ayuda. En principio la respuesta fue un 'no', porque ellos también andaban justos y nosotros la habíamos gastado por haber decidido a última hora ir a la aldea. Por un instante todos jugamos a imaginarnos intentando sobrevivir a aquella noche entre los cenagales de las orillas, que estarían infestadas de caimanes hambrientos de turistas, anacondas sigilosas, tarántulas mortales, mosquitos gigantescos y pirañas voraces. La imaginación vuela demasiado rápido y cuando regresamos a la realidad ya estábamos siendo remolcados.

 

 

Llegó la noche y empezó a diluviar. Desde la litera escuchaba la lluvia que caía con fuerza y resbalaba por el espeso techo de palmiche de la maloca hasta el suelo, donde se filtraba y alimentaba al río, continuando su ciclo. Pensé en los delfines rosados, cuya relación con el río y la selva era tan estrecha, que incluso compartían el mismo depredador. Pensé en la gente de la aldea, con una vida tan diferente a la mía, pero a la vez con tanto en común. En ese momento quizá estuvieran escuchando la lluvia y viendo Directv a través de la parabólica de su maloca. Como yo cualquier tarde de tormenta en la selva de Bogotá.

 

 

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Comentarios

Invitado
YICEL FETECUA Lunes, 16 Junio 2014

soy Yicel viajo en el mes de septiembre al Amazonas y quiero saber : ¿donde me puedo quedar, cuales son los sitios perfectos para visitar ya que solo voy a estar dos días .?
GRACIAS

Invitado
Alejandro Mogollon Lunes, 28 Julio 2014

Te recomiendo el hostal MAHATU en la calle 7 cra 1.

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