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Alisios, arena y sal


Se van a cumplir ya casi dos años desde que contemplé por última vez al Sol enrojecer el cielo y dorar las aguas del Caribe, antes de desvanecerse tras el horizonte.

Esto sucedió sentado en una roca, en compañía de Menchaca, Josune e Inés, lo más al norte que se puede estar en el continente suramericano, a los pies del faro de Punta Gallinas, donde los últimos que lo habían pintado, habían escrito en su interior sus nombres. Quién si no iba a llevar hasta aquel paradero remoto pintura roja y blanca y una brocha. Apenas debajo del nombre de un tocayo, destacaba en blanco y en mayúsculas ‘Niño’. Qué mejor símil y cuán precisa y oportuna la casualidad para describir cómo me sentía en aquel momento y en aquel lugar; inocentemente ajeno al devenir del mundo.

El camino no fue fácil y estuvo más cerca de la aventura que del paseo. De la capital colombiana volamos a Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia, fundada en 1.525. Una vez allí, del aeropuerto tomamos una buseta hasta el enlace con las líneas hacia Maicao. Nos demoramos más de una hora con un calor salvaje en medio del caos de la ciudad, deteniéndonos constantemente por los desfiles aparentemente espontáneos de los candidatos a la alcaldía para las cercanas elecciones municipales. Anocheció cuando pasamos la entrada al Tayrona y el resto del viaje hasta Riohacha transcurrió en un duermevela, dejando atrás a toda velocidad las pequeñas aldeas que aparecían entre la vegetación exuberante de la Sierra Nevada de Santa Marta, la serranía costera más alta del mundo, cuyos picos más altos, Colón y Bolívar, se elevan 5.775 m a tan solo 42 km del litoral.

Se podría decir que conocimos la capital del departamento de La Guajira aquella misma noche, preguntando a puerta fría por alojamiento. Cuando por fin dimos con una buena combinación lugar-precio, pudimos pensar en cenar algo y tomar un jugo helado al lado del Paseo de la Marina, en una callecita que estrechaba la brisa y la aceleraba hasta el punto agradable. Dos vasos a rebosar de zapote en leche más tarde, y la noche invitaba a quedarse y a alcanzar el final del espigón del embarcadero adornado con luces multicolor que iluminaban mágicamente la mar hasta el Malecón, donde las mujeres Wayúu vendían sus espectaculares y coloridas mochilas, confecciones y tejidos artesanales.

«De Riohacha depende la suerte del mundo», respondía un Bolívar moribundo al doctor Gastelblondo en ‘El general en su laberinto’ de Gabriel García Márquez. Para nosotros tal suerte no representaba sino el comienzo de un apasionante viaje en una tierra pintoresca dentro de la gradación paisajística, histórica y cultural de Colombia. Un punto de partida en una tierra para el recuerdo recurrente, la vivencia y el retorno de la inspiración, con la caricia de los Alisios, y el rezumar del salitre en cada brizna de su brisa.

¡El viaje continúa!

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Comentarios

Invitado
Leda Martes, 02 Julio 2013

Me encanta!!! *.*

Invitado
La Villa Domingo, 22 Septiembre 2013

Muy buena descripción del sitio, excelentes atardeceres los de las fotos y lo mejor es el destino. Para ver inolvidables ataredeceres visite también Villa de leyva en Boyacá.

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Invitado
Invitado Sábado, 25 Octubre 2014
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